(76) La Leyenda del Día de los Perros Muertos

El origen en el Mictlán y el día de los Perros Muertos

Día de los Perros Muertos: Cuentan los abuelos de los pueblos del centro de México que, desde los tiempos antiguos, mucho antes de que los frailes españoles trajeran su propio calendario de santos y difuntos, los pueblos originarios ya sabían que la muerte no era un final, sino el comienzo de un largo viaje.

El alma, al abandonar el cuerpo, debía recorrer un camino difícil y lleno de peligros hasta llegar al Mictlán, el lugar de los muertos, gobernado por el señor Mictlantecuhtli y su esposa Mictecacíhuatl.

Ese camino no era sencillo. Había vientos que cortaban como obsidiana, cerros que debían escalarse, y, sobre todo, un ancho río de aguas oscuras que ninguna alma humana podía cruzar por sí sola. Los ancianos explicaban que solo un guía podía ayudar al difunto a atravesar esas aguas: un perro, generalmente de la raza xoloitzcuintle, criatura sagrada asociada al dios Xólotl, hermano gemelo de Quetzalcóatl y señor de las cosas deformes, de los gemelos y del inframundo.

Por esa creencia, en la época prehispánica era costumbre sepultar a los difuntos junto con un perro, ya fuera sacrificado ritualmente o representado en figurillas de barro, para que el animal lo acompañara y lo guiara en su travesía.

Se decía que el perro reconocía a su dueño por el olor y por el trato que había recibido en vida: si había sido bien cuidado, el animal cruzaba el río con él sin dificultad; si en vida lo había maltratado, el perro se negaba a ayudarlo y el alma quedaba vagando, perdida entre la niebla, incapaz de continuar su camino.

Leyenda del Día de los Perros Muertos
Una leyenda mas del día de los perros difuntos (MX-IA)

El pacto que no se rompe con la muerte

De esta creencia nació una idea que los pueblos conservaron generación tras generación: que el vínculo entre un ser humano y su perro no termina cuando el animal muere, sino que se transforma. El perro que fue fiel en vida sigue siéndolo después de la muerte, y su espíritu permanece cerca de la familia que lo cuidó, esperando el momento en que deba cumplir su función más importante: servir de guía cuando le llegue la hora a su dueño.

Los ancianos contaban que, antes de poder guiar a nadie, el perro debía primero completar su propio cruce del río de las Nueve Aguas, aprender los caminos del Mictlán, y regresar brevemente al mundo de los vivos para reconocer, una última vez, el aroma de su hogar y de su familia. Ese regreso, decían, no ocurre en cualquier fecha del año, sino en un momento preciso dentro del ciclo de días dedicados a los difuntos.

Por qué se eligió el 27 de octubre

La tradición popular mexicana no concibe el Día de Muertos como una sola fecha, sino como un calendario completo de regresos escalonados, donde cada día está dedicado a un tipo distinto de alma. Se cree que las almas no llegan todas al mismo tiempo, sino que van arribando poco a poco, según la manera en que murieron o según su cercanía con los vivos: primero regresan las mascotas, después quienes murieron de forma repentina o trágica, luego los niños, y finalmente los adultos, hasta cerrar el ciclo el 2 de noviembre.

Dentro de ese calendario, el 27 de octubre es la fecha asignada a las almas de los animales de compañía: perros, gatos, aves y demás criaturas que acompañaron a una familia en vida. La leyenda explica esta fecha diciendo que los perros, por su papel como guías del inframundo, necesitan ser los primeros en completar el viaje de ida y vuelta, porque solo así pueden estar listos para cumplir su tarea más importante cuando lleguen las almas humanas.

Se dice que un perro debe cruzar primero por cuenta propia el camino hacia el Mictlán, presentarse ante Mictlantecuhtli, y recibir su permiso para regresar unas horas al mundo de los vivos antes de que comience el desfile de almas humanas.

Por eso, la tradición sostiene que la noche del 27 de octubre las almas de las mascotas cruzan de regreso desde el Mictlán y permanecen en las casas donde vivieron hasta la madrugada del día siguiente, cuando deben despedirse y volver al lugar de los muertos, dejando el camino preparado para que, días después, las almas humanas puedan hacer el mismo recorrido guiadas por ellos.

Los perros preparan el camino a la alma para cruzar la luz (Mx-IA)

La noche en que ladran sin motivo

Se dice que, en esa noche del 27 de octubre, los perros vivos se ponen inquietos sin razón aparente. Ladran hacia la oscuridad donde no hay nadie visible, se paran frente a las puertas como si esperaran a que alguien tocara, o simplemente se quedan mirando un punto fijo del patio durante largos minutos, con las orejas alertas y el cuerpo tenso.

Los dueños, extrañados, suelen llamarlos, pensando que algo los inquieta. Pero los viejos del pueblo aseguran que no ladran por miedo, sino porque reconocen a sus hermanos difuntos que pasan cerca, de camino de regreso a casa después de haber cruzado el río de las Nueve Aguas.

Cuentan que los perros vivos pueden sentir la presencia de los perros muertos de una manera que los humanos no alcanzamos a percibir. Algunos abuelos incluso afirman que, si se observa con cuidado, es posible ver cómo el pelaje del lomo se les eriza sin que sople ningún viento, o cómo mueven la cola con una alegría extraña, como si saludaran a alguien invisible.

Por eso, siguiendo la costumbre, esa noche se coloca un pequeño altar solo para las mascotas: con agua fresca, su comida o golosina favorita, una foto en el centro, y algún juguete, collar o mantita que les perteneció, pues se cree que cada objeto guarda algo de su energía y de su historia junto a la familia.

El xoloitzcuintle guardián

Existe una variante de esta leyenda que se cuenta especialmente en algunas comunidades del centro y sur de México, donde se le da un lugar especial al xoloitzcuintle, el perro pelón mexicano, considerado desde tiempos prehispánicos como un animal sagrado.

Se dice que entre todos los perros que cruzan el río del Mictlán la noche del 27 de octubre, es un xoloitzcuintle quien encabeza la fila, guiando a los demás animales de regreso al mundo de los vivos, como si fuera el hermano mayor que conoce mejor el camino.

Los abuelos cuentan que, cuando una familia colocaba la figura de un perro de barro en su altar de muertos, no lo hacía solo como decoración, sino como una manera de honrar a ese guía silencioso que ayudaría a los difuntos de la casa a cruzar el río sin extraviarse.

Esta costumbre, dicen, viene desde los tiempos anteriores a la llegada de los españoles, cuando era común sepultar a los muertos junto a un perro para asegurar su compañía en el más allá, y con el paso de los siglos se transformó en la costumbre actual de dedicarle un altar propio a las mascotas cada 27 de octubre.

Los guardianes que guía a las almas (Mx-IA)

El significado que perdura

Más allá de lo fantástico del relato, esta leyenda guarda un significado profundo que ha permitido que sobreviva y se siga extendiendo hoy en día, incluso más allá de México: el reconocimiento de la lealtad incondicional de los perros y demás mascotas como compañeros de vida y, según la creencia popular, también de muerte.

En una cultura donde la memoria de los antepasados ocupa un lugar central, no resulta extraño que los animales que acompañaron a esas personas durante su existencia también encuentren un espacio propio dentro del ciclo de celebraciones, e incluso que se les honre primero que a los seres humanos.

El hecho de que se haya elegido una fecha específica —el 27 de octubre— y no cualquier otro día, refleja la manera en que las tradiciones populares construyen un calendario simbólico de regresos: primero las mascotas, después los niños, y por último los adultos, tejiendo así una historia que da sentido y orden al duelo, y que convierte la ausencia en un reencuentro esperado cada año.

El cierre de la leyenda

Así, el 27 de octubre no marca el regreso de las personas, sino el de sus guardianes: los perros y demás mascotas que, fieles hasta después de la muerte, cruzan primero el río del Mictlán para abrir el camino, de modo que después, entre el 28 de octubre y el 2 de noviembre, las almas humanas puedan cruzar tranquilas, sabiendo que alguien ya las espera del otro lado.

Se dice que, mientras existan perros dispuestos a guiar a sus familias entre la niebla del inframundo, ninguna alma quedará perdida para siempre, y que cada ladrido inquieto escuchado en la madrugada del 27 de octubre es, en realidad, un saludo: el de un viejo amigo de cuatro patas que ha vuelto, por unas horas, para recordarnos que la lealtad, como dicen los abuelos, no conoce fronteras ni siquiera la de la muerte.

Referencias

La leyenda anterior es una recreación narrativa que se apoya en dos elementos documentados de la tradición mexicana:

  1. La creencia prehispánica del perro guía hacia el Mictlán y la costumbre de sepultar difuntos junto a un xoloitzcuintle, referida en cobertura periodística sobre el Día de Muertos (NMÁS, “¿A qué hora llegan las mascotas el 27 de octubre por el Día de Muertos 2024?”, nmas.com.mx).
  2. La tradición popular vigente del 27 de octubre como jornada dedicada a las mascotas fallecidas dentro del calendario escalonado del Día de Muertos, documentada en distintos medios (El Imparcial, “Día de Muertos 2025: Cómo preparar el altar de tus mascotas fallecidas”, elimparcial.com; Teleamazonas, “Día de Muertos de las Mascotas; ¿por qué se conmemora el 27 de octubre?”, teleamazonas.com).

Nota: Esta es una leyenda de tradición oral y transmisión popular, con variantes reconstruidas y ampliadas con fines narrativos. No corresponde a un registro histórico documentado, sino a relatos folclóricos asociados de manera simbólica al ciclo del Día de Muertos en México.

Los nombres de personajes, diálogos y episodios específicos (Xólotl el perro tejedor, el ofrendero, el detalle de “contar los días hacia atrás”) son licencia narrativa y no corresponden a un registro histórico documentado..